05 septiembre 2007

Mi Misantropía


No me alces la mirada, no quiero verte la cara. Tanto sentimiento alocado hace que me duela el alma. Todo lo que me rodea me produce tristeza. El abatimiento del corazón es una pesada carga que ni el omnipresente tiempo lo sana. Me siento harto de la vida, cansado del mundo, asqueado de la gente que me mira. Cualquier objeto, cualquier palabra me produce bilis y se me atraganta la vida desprotegida y desamparada.

Tu recuerdo, tu recuerdo aparece por doquier. Cierro los ojos y allí te veo, los abro y te vuelvo a ver. Intento odiarte por muchas cosas justas y un millar de cosas más que ni yo mismo me puedo hacer entender. Todo es en vano, no puedo hacer nada, la impotencia es un arma mellada que me tortura de forma desenfrenada.

El recuerdo de haberte tenido hace odiar mi vana existencia desnuda de tu presencia.
Sin fortuna en mis incorrectas decisiones el arrepentimiento es fútil, pues el paso del tiempo hace abrupta la vuelta hacia donde me encontraba encadenado a tu amor. Ahora tan acompañado de la nada y con la libertad del abandono no soporto las miradas.

No soporto tu presencia, no soporto que me leas y odio a la dicha enamorada. Si pudiera romper las sonrisas en los rostros cariñosos, con rencor me desgarraría el pecho para lanzarte a la cara mi espinado corazón. La sinrazón me inunda el anegada alma. No te confundas no son celos, es antipatía por mi decisión de aparente fundamento. No te confundas no soy antipático, simplemente muy a mi pesar, sigo enamorado sin tener que estarlo.

31 agosto 2007

Caricias de Seda




Perdidas caricias de seda
buscadas por mis manos, deseadas
por mi mirada

Tenue sufrimiento se desvanece
para morir entre la caricia
que suavemente me mece

Bocas entrelazadas
llenas de sensaciones
dulcemente adoradas

Profundizo entre tu ropa
buscando la llama
que me despierte del coma

La pérfida lectura de pensamientos
guardados por el cómplice tiempo
me elevan con funestos vientos

Quizá las caricias de seda
sean deseos colmados de pasión
promovidos por tu mirada

29 agosto 2007

Mi reloj de arena

No pudé más...me derrumbé. Después de darle tantas vueltas al
reloj de arena, se me resbaló cayéndose al suelo.
Los segundos se hacian eternos, había retado al tiempo.
Los mil y un granos de arena que han guiado mi existencia
ahora estaba desparramados por el suelo de mi habitación.
Desesperado por lo torpe que había sido por no cuidar lo que más
quería, mi tiempo, me arrodiyé ante él y dejé caer la única
lagrima que me quedaba después de sangrar por todas las heridas
de mi pasado, el cuál intenté dejar atras con la ayuda del reloj.

En aquel pequeño momento al que llamamos segundo, en el que
mi lágrima desafiaba la ley de la gravedad, miré al techo intentando
ver más allá, anhelaba ver el cielo en el cuál se suponía que estaban
reunidos todos los que se fueron sin irse para mí, el dios en el cuál
no creo, y aquello que nunca nos llegaremos a explicar.
Una vez más, y no por eso de una forma más austera, de la comisura
de mis labios humedos por el paso de la lágrima insolente, salió
tímido pero con voz profunda el por qué que andaba buscando en
el reloj de arena, el por qué que estuvo oculto durante toda mi vida,
el por qué que ahora habia perdido al desparrar el tiempo...

Fue de ese modo, que al cerrar mis ojos frustrados, sufrí un lapsus,
dejó de tener sentido la vida, y le perdí el miedo a la muerte,
por eso os escribo hoy desde aquí, la meta de cualquier suicida,
la línea que separa llantos de risas, el principio de un fin trágico.
Sin embargo, el destino no correspondido por mi persona, juega conmigo
a los dados. Él fue el culpable de seguir dándome esta voluntad para
escribir letra por letra, frase tras frase... él, y nadie más que él,
hizo que al abrir mis pupilas para ver el suelo de mi habitación,
viese la preciosa flor que había crecido en la arena. La flor del pasado,
del presente y del futuro, la flor de la vida. Y tan es así, que hasta el día
de hoy sigo regando con lágrimas esa flor, porque mi vida es alegrías
y tristezas, blanco y negro... me sorprendo al ver que nunca se marchita,
el tiempo no pasa para ella.

Quizá y sólo mis papeles escritos lo saben, no fue el destino el que pintó
esta situación, sino fue el reloj de arena de aquel chico al que el orgullo le
hundió y por su humildad resurgió, el reloj de arena que noche sí y noche
también duerme a mi lado recordando
el día que desafié al tiempo... pero quién sabe ??


17 agosto 2007

Mentes en Guerra. 5ª Parte

Alegre panadería:

Como un día normal transcurrían las horas de la mañana con el devenir propio de un sábado. Algunas personas entraban con su cesta de la compra, aunque la mayoría venían con las manos vacías, seguramente sin ningún otro propósito que comprar el pan del día.

Al poco de haber abierto se empezó a formar una fila de tranquilos pueblerinos que con el pasar del tiempo se convirtieron en bestias feroces por recuperar los segundos perdidos.

-¡Pero que demonios te pasa hoy! Ya no es hora de dormir, hace una hora que hemos abierto. -La queja de José no hacía el efecto deseado en Álvaro.

-¡Te estoy hablando; date prisa con los clientes! –Saliendo del estupor Álvaro volvió de sus sueños y aceleró el ritmo.

Los clientes se miraban entre ellos intentando adivinar que pasaba por la cabeza de aquel muchacho. Poco a poco la panadería volvía a la normalidad propia de aquel día. Las barras frías, calientes, tostadas, grandes o pequeñas pasaban de unas manos a otras y el dinero entraba y salía del cajón atropelladamente. Álvaro no estaba, no existía en ese momento. Muy lejos de la panadería se encontraba en su mundo irreal, soñando despierto. Nervioso y emocionado deseaba el momento de encontrarse con Sara. Sus ojos miraban a la nada mientras su cuerpo se movía con velocidad en un sin fin de transacciones. Las voces de la calle le trajeron de vuelta con José.

Alguien se abría paso entre la gente a empujones. Entre quejas y voces distinguieron la cara de Ricardo. Era sorprendente e inquietante su actitud, con la cara inmersa en el pánico. Si cualquier otra persona del pueblo hubiese tenido aquella actitud, no habría sido tan escandalizador. Ricardo era una persona distinguida, sosegada y calmada en todas sus actitudes y reflexiones. Un hombre adinerado pero no de los más pudientes de la región.

-¡Ha llegado, es inevitable! Es una locura, como hemos podido llegar a esto. ¡Escuchadme todos! –Entre quejas de escándalo y miradas incrédulas se solicitaba silencio.

-¡Pero que demonios te pasa Ricardo! ¿Se ha muerto alguien?

-¡Los de cemento, los de cemento han caído y ahora requieren de nuestra gente!

Las personas de ciudad eran conocidas como gente de cemento y los de pueblo como gente de tierra o individuos de nivel ocho. Muchos años atrás dejaron de existir las naciones, los territorios o los países. La tierra era una gran extensión de grandes ciudades y páramos desiertos e inhóspitos para la vida humana.

Las ciudades saturadas por la contaminación, las personas y sin recursos naturales, se desprendieron de los individuos de octavo nivel. La sociedad se había vuelto muy clasista y cualquier nimio detalle hacía clasificar en un nivel diferente. Las personas de séptimo nivel no tenían estudios, eran de baja clase y sin recursos financieros, incluso dentro de cada nivel había secciones diferentes. Las personas de nivel siete C eran personas desfavorecidas por problemas maritales.

El séptimo nivel era una desgracia para cualquier persona de bien, pero en el octavo nivel no había personas, existían los individuos. Eran despojos de humanidad, seres sin ninguna utilidad para la sociedad, parásitos de los restos de grandeza del espíritu humano que había creado la sociedad clasista. Ellos fueron los primeros en ser expulsados de las urbes. Muchas personas disconformes con la decisión y en contra del régimen vigente se marcharon con ellos. El ser humano es social por naturaleza y de todos aquellos indigentes y desgraciados, fueron surgiendo pueblos y comunidades por el poco territorio que se mantenía fértil.

-¡El emperador, con el consentimiento de la cámara de representantes ha proclamado un mandato que nos obliga a luchar a nosotros! Parece que la guerra es más cruenta de lo que en un primer momento se había previsto- Los pueblerinos se quedaron atónitos intentando explicarse lo que exhalaba Ricardo.

-No tienen ningún derecho a pedirnos o a exigirnos nada, nunca hemos tenido relaciones con la gente de cemento y ellos no las han querido tener con nosotros- Sentenciaba José con calma y sosiego.

-Argumentan que es una guerra que concierne al mundo entero y que eso nos incluye a nosotros. Dicen que tanto ellos como nosotros tenemos muchos intereses en Leinad.

-Ciertamente la gente de cemento invirtió muchos recursos en Leinad, pero nosotros no tenemos ningún interés en ese planeta.

-Querido amigo José, como tu bien dices se ha invertido mucho dinero, personas y esfuerzos en ese planeta. Se ha invertido tanto que sospecho que la gente de cemento sabe algo que nosotros ignoramos acerca de Leinad. Y además indistintamente de lo que se sepa o se deje de saber, la gente de cemento tiene el poder suficiente como para obligarnos a ir a la guerra.

El silencio inicial y el murmullo de los pueblerinos dentro de la panadería era una confirmación de las palabras de Ricardo.

07 julio 2007

Las Cadenas de la Desesperación

Suaves cadenas que aprisionan y encierran a este corazón enamorado. Cadenas que con cariño y dulzura amargan la libertad del espíritu. Sus caricias son suaves en la piel curtida. La pasión colapsa las extremidades y el sentido del tacto se adormece con el rozar de las cadenas.

Dulce odio que emerge de mis entrañas y pérfido amor que florece en mi corazón hacia las cadenas de mi prisión. Sin saber cómo ni porqué se consume mi mente y permanezco inmóvil. El romper las cadenas sería desquebrajar mi corazón, herirlo quizá de muerte. Al cuidarlas para siempre mis huesos se pudrirían en el recoveco de mi esclavizada existencia.

Salir de la niñez, madurar hacia la libertad, poder volar con las alas del libre albedrío es un sueño imposible de lograr con tus cadenas que me impiden despegar. Volar con la brisa que empuja mi alma, galopar con el viento entre tus piernas y sin cordura ni remordimiento soñar que te tengo entre mis brazos, soñando despierto.