21 diciembre 2006

Recuerdos


Ruido estridente que atormenta las entrañas. Oscuridad tenebrosa que cristaliza los pensamientos. La noche calla y oscurece el desalentador panorama, solo las luces de la farolas alumbraban el putrefacto cuerpo. El viento golpeaba en su cara y solo el frío granizo que caía se podía comparar a su congelado corazón. Los pasos recorridos aceleraban sus latidos y sus ojos presagiaban las lágrimas. Afligidos pensamientos le rondaban la cabeza y los sentimientos de tristeza se apilaban en su pecho. La luna avivaba con cruel desmesura sus recuerdos y cuando el lento transcurrir del tiempo atormentaba su corazón, dos perennes lágrimas corrieron por sus mejillas.

El sentimiento surgía impune una y otra vez en su cabeza y corrompía todo surgimiento de falsa esperanza. La vida eran cadenas y sus latidos terribles látigos que le fustigaban en lo más profundo de su ser. ¿Qué podía esperar de la existencia si cualquier atisbo de felicidad había desaparecido quizá para siempre?

El camino serpenteante proseguía, pero al final ese brutal e incesante sentimiento acabó venciéndolo. Dio media vuelta y empezó a correr. El viento implacable continuaba golpeándole, pero nada le detendría. Finalmente divisó en la lejanía una figura, la figura que atormentaba sin remedio aparente su congelado corazón.

Definitivamente se encontraron y los dos se miraron a los ojos. El beso no se hizo de rogar y pronto sus cuerpos se fusionaron en un apasionado abrazo. Sin quererlo ella le sugirió al oído la indecente sugerencia. Sin dar tiempo a la meditación, él afirmo con la cabeza y los dos corrieron prestos a buscar la deseada cama.

Sus cuerpos se frotaban y estimulaban con ardientes caricias e impetuosos besos. Sus compasivos labios bailaban al unísono y sus manos se adentraban en zonas vedadas. El latir de sus corazones se acrecentaba por momentos y la piel desnuda entreveía las placenteras sensaciones. El glande recorría con desmesura las piernas de la chica para colmar su apetito y en un afortunado empujón, la totalidad del falo entro en su interior. Un furtivo e intenso suspiro salió del interior de ella. La salvaje penetración había henchido las cavidades de su vagina y la acomodación estaba en proceso. La impaciencia se acrecentaba por momentos y muy lentamente el movimiento de la cópula empezó a hacer su aparición. La fricción les daba tal placer, que el calor de los dos cuerpos se hizo insoportable. Sus respiraciones eran ahogadas y profundas, el ritmo aumento incesantemente y finalmente el frenético orgasmo empezaba a hacer su aparición.

Sus ojos se miraron presagiando lo inevitable. Las piernas de ella se cruzaron detrás de su espalda y con una fuerza inusitada empujó con frenesí el falo hasta lo más profundo de su ser. En una queja sin sonido descargó toda su probidad en aquel querido y a la vez odiado cuerpo. Cuando recobraron su integridad, ninguno de los dos daba crédito a lo que había sucedido. El deseo se había colmado y tan solo el deambular de sus destinos sabía cuando llegaría el próximo momento. Mientras tanto, los dos sabían que sus lujuriosos y pecaminosos recuerdos harían la espera insoportable.

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